Mostrando entradas con la etiqueta el germinador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el germinador. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de mayo de 2009

DEJA DE JUGAR!! Pequeño relato autobiográfico de un fotografo encabronado, by César.

Hace un par de semanas me encontraba en el hall de ingreso del Cine Club Municipal Húgo del Carril, y mientras esperaba que se inicie la venta de entradas para el show de Torax, me puse a leer la revista con la programación mensual. Se trata de ocho o tal vez diez páginas abarrotadas de información que generalmente me resulta muy atractiva y leo con gusto. Pero es evidente que leo lo que quiero, y la tesis (doxa o docta) de la "percepción selectiva" me viene como anillo al dedo:

"DEJÁ DE JUGAR, HACÉ FOTO DE VERDAD"
Así rezaba la publicidad de una escuela de fotografía de la ciudad de Córdoba. "Cursos cortos", "comienza en mayo", "fotografía digital", bla bla bla. Sentí tanta bronca y tanto dolor; fue como recibir un insulto. Si me permiten el rapto sloganero, fue un puñal en "la boca de mi estómago".

Quienes hayan recorrido aunque sea mínimamente las entradas de este blog, verán que la fotografía es de vital inportancia para mí. Lo ha sido desde siempre, lo es hoy y seguramente mañana también lo será. De hecho, apenas nací mis padres hicieron una grandísima inversión para comprar una cámara fotográfica y de esa manera poder retratarme y retratarse ellos junto a mí. Era una kodak, de esas rectangulares, largas y finitas; creo que mamá aún conserva la caja; ya ni recuerdo como se llamaría aquel modelo, pero lo importante es que me acompañó durante toda la infancia. Amaba ver los álbumes familiares: mamá y papá paseandome por la plaza de mi pueblo; las fotos de mis primeros cumpleaños; las vacaciones en Mendoza en casa del tío Daniel. Muchas de esas imágenes tomadas por el precoz fotógrafo que veinte años después se encontraría masticando la bronca frente a semejante premisa autoritaria.

Recuerdo haber llevado esa misma máquina a mi viaje de egresados, al finalizar la escuela primaria. Ya teníamos trece años, la kodak y yo. Ella ya estaba en las últimas, toda pegada con cinta para que no se cayeran las baterias; y aún así, me sirvió para retratarme junto a mis compañeros y los lobos marinos del puerto marplatense. Aquí conservo las fotos del paseo en barco, Punta Mogotes, La Perla, Mundo Marino y el Hotel Traful. Paradójicamante, la imágen mas impactante quedó sólo impresa en mis retinas; por primera vez tenía el mar frente a mis ojos, y si bien no reaccioné a tiempo para buscar la cámara, pulsé de manera instintiva el gatillo en mi cerebro y la foto quedó aqui dentro para que la pueda ver cuando yo quiera. El día que inventen un USB que se pueda conectar al cerebro la bajo a la PC y se las muestro.

El día que cumplí 14 años mis padres me compraron mi primer cámara de fotos, y a esa si la conservo, aunque ya no la use. Una de esas que llevan película de 35 mm, que si bien era muy básica, tenía el avance tecnológico que permitía programar la fecha y la hora para que luego quede impresa en la imágen. Mi relación con la fotografía florecia en los viajes, me gustaba capturar paisajes, puestas de sol y edificios exóticos. Tanto así que durante la época del colegio, mis sueños de vida profesional fluctuaban entre ser guía de turismo o fotógrafo.

Cuando estaba terminando la secundaria, en 1998 se editó por primera vez la Rolling Stone argentina, y para mí fue un flash; soñaba en ser fotografo de esa revista, la compraba todos los meses de manera religiosa y recorria una a una sus páginas como un niño a un libro de cuentos. A esa altura el Rock había entrado a mi vida, ya había descubierto a Gharly Garcia y la cosa ya se había puesto más emocionante. Tocaba la guitarra, compraba CDs, leía revistas de rock. La fotografía era objeto de mi contemplacion y fascinacion, pero ya empezaba a darme cuenta que era algo más que un papel con una imágen bonita, sino que podía estar ligada a una busqueda estética más ámplia, de la mano con otras expresiones artísticas, como por ejemplo la música. De igual manera, el rock dejaba de ser nada más que música, para ser una forma de expresión integral, donde yo podía sentirme reflejado, y que podía penetrarme desde los oídos, la vista o la piel.


De todas maneras, con mi ingreso a la universidad me dispersé lo suficiente como para ir dejando de poner energía y tiempo en la fotografía. Surgieron otros caminos y con ellos otras piedras, pero eso será motivo de otro post... La cuestión es que después de unos diez años de olvido, volví a conectarme con esta pasión. Esto fue el año pasado, cuando por primera ver tomé algunas clases de fotografía con un profesor; se trató de un curso de un mes, tan corto como intenso, que sirvió para tomar el impulso creativo suficiente como para volver a enamorarme. Finalizado el curso, llegó mi primer participación en una exposicion de fotos, mientras comenzaba a explorar el mundillo de los blogs, para poder compartir mi producción y darle otra trasendecia.

Hago fotografía para poder vivir; es para mi una manera de ser libre, de expresarme, entendiendo que ex-presar es liberar al preso; como así también una forma de conocerme y conocer a otros a través del compartir creativo. Es un espacio para el goce, para el disfrute y para mi recreación, entendiendo que re-crearme es "volver a crearme", volver a darle forma al que soy. No sin dificultades, no sin limitaciones, no sin frustraciones, como en cualquier otro ámbito de la vida.


El mensaje de aquella publicidad fue muy chocante para mi, ya que siempre he abordado la fotografía como una actividad lúdica. Porque estoy convencido que la fotografía es una manifestación artística, y como tal, puede nutrirse del juego como herramienta, como fermento o metodología. Porque el proceso creativo es como el juego de un niño, manifestación de entrega, plenitud y olvido. Porque es amoral, puesto que ninguna ley puede limitar su energía transformadora. Porque en el juego puedo experimentar la satisfacción del logro, la frustración de las limitaciónes, y la tranquilidad que genera la posibilidad de volver a intentarlo. Y por sobre todas las cosas, porque en el juego puedo experimentar el completo existir del presente, el aquí y el ahora que no se rinde ante el dolor del pasado ni ante el miedo al futuro...

No sé qué estrategia de marketing los habrá llevado a usar esa expresión tan llena de castración. Tal vez no entendí lo que ellos pretendían dar a entender; tal vez no era yo el lector esperado, ni el cliente prefigurado, pero ese "DEJA DE JUGAR" a mi me suena a "profesionalización", estandarización y mercado. Como así también, ese "HACE FOTO DE VERDAD" me resulta sumamente autoritario, como toda imposición de verdades. Evidentemente no participare de ese curso de fotografía, ya que hoy cuento con una verdad que no intento imponer a nadie exepto a mi mismo. La fotografía, es un juego.

viernes, 27 de junio de 2008

EL ELOGIO DE LA SOMBRA, por Sandra Russo

Junichiro Tanikazi, un ensayista y novelista que como otros grandes nombres de la literatura del Japón fundó su obra en la nostalgia de una tradición milenaria que se les estaba escapando de las manos, escribió un libro que tiene por nombre el mismo que este artículo y que es una extraordinaria reflexión sobre el papel de la sombra en la vida cotidiana de ese país. A lo largo de la historia, Occidente buscó e inventó maneras eficaces de iluminar sus escenas públicas y privadas. Oriente, por el contrario, desarrolló su cultura en la penumbra, haciendo de la luz no una constante, sino una aparición, una ráfaga.

La tradición japonesa, alerta siempre y en búsqueda permanente de la belleza y sus repliegues más sutiles, se extendió durante siglos, según Tanikazi, como una articulación entre luces y sombras, haciendo del claroscuro su juego favorito. La belleza, para los japoneses antiguos, no era en sí misma un hecho sino el resultado de la yuxtaposición de lo claro y lo oscuro. El arte japonés necesita que a la luz la cabalgue la sombra. Esa cultura no rechaza, así, la sombra, no sólo en el arte: es en la vida cotidiana donde mejor se expresa la necesidad de valorar, rescatar y subrayar la actuación de la sombra. Aunque también es posible entender la vida cotidiana japonesa como parte de un arte.

Los occidentales nos llevamos mal con la penumbra. Lo claro es un valor. Claro y oscuro son palabras que en Occidente se escapan de la adjetivación y derivan en conceptos morales. Lo claro es puro, transparente, y lo oscuro nos repele. Tanikazi se inspiró, para su ensayo, en la irritación que le provocaba, allá por los '50, la iluminación eléctrica. A conciencia de que semejante innovación tecnológica se abriría paso sola y sin fronteras, Tanikazi, que en el momento de iniciar el ensayo estaba construyéndose una casa japonesa tradicional, encontró la oportunidad de repensar las costumbres de su país y concluyó que todo el monumental código de belleza japonés tenía razón de ser en base a cierta forma de iluminación. Linternas a petróleo, velas, penumbra: la luz define contornos, crea efectos, aumenta lo mínimo, se presta a confusiones, a visiones, predispone al espíritu al estremecimiento de lo visto y lo imaginado.

Tanikazi se detiene en los retretes, como se lee en las traducciones. Se detiene en los inodoros. En los monasterios japoneses y en los viejos pabellones de té, el ensayista cuenta que todavía, en su época (el autor murió en 1965) era todavía posible gozar de la sabiduría de la arquitectura tradicional japonesa. Semioscuros, meticulosamente limpios, ubicados en el exterior de los edificios pero en lugares a los que se llegaba a través de galerías techadas, los retretes eran instalados entre bosques perfumados, construidos con shojis –esos paneles de madera y papel que ahora en Occidente se usan como biombos–, y tenían siempre una gran ventana que permitía desde el interior ver el jardín. El retrete, se sabe, es un lugar funcional a una necesidad fisiológica, pero Tanikazi le da importancia justamente por eso. La arquitectura tradicional japonesa, a diferencia de la occidental, elevó a otro rango las necesidades fisiológicas: no debían estar exentas de belleza. El maestro Soseki, uno de los novelistas más importantes de principios del siglo pasado, contaba que uno de los grandes placeres de la vida era "ir a obrar" cada mañana al amparo de sencillas paredes lisas de papel, mientras contemplaba el azul del cielo y el verde del paisaje. El lugar en sí mismo era oscuro, claroscuro, y eso era sustancialmente bello: la luz sólo permitía asegurarse de la limpieza del lugar, mientras la naturaleza tenía su luz propia.

La limpieza, no obstante, no ha sido una obsesión japonesa, como sí lo es hoy día entre los occidentales. Algunos hitos de belleza japonesa consisten precisamente en el envejecimiento paulatino de algunos utensilios que cobran más vida y más valor a medida que más veces y más manos se posan sobre ellos, dejando imperceptibles marcas que, sumadas, van opacándolos, dándoles carácter, historia. Lo que un occidental llamaría simplemente suciedad, dice Tanikazi, es un ingrediente constitutivo de muchas cosas que a los japoneses tradicionales les parecen bellas y valiosas. Una tetera oscurecida por la grasa y el hollín y el paso del tiempo, les parece bella: la costra que se forma sobre ella, las capas y capas de frotes y usos, embellece una tetera. Saber que se posee un objeto de esas características "nos tranquiliza el corazón y nos apacigua los nervios". Los japoneses no gozan instantáneamente de "lo nuevo", como los occidentales: no disfrutan de "lo que reluce", salvo que reluzca –y hay que revalorizar y redescubrir esta palabra– por "el efecto del tiempo", que es una expresión china, y que en Japón se reemplaza por "el desgaste del, tiempo". Posiblemente no haya una conjunción de palabras que divida más crudamente dos civilizaciones. Para nosotros, el desgaste del tiempo sólo puede procurar decadencia, desencanto, agotamiento. En el Japón tradicional, sin embargo, nada era equiparable y de precio tan imposible como algo desgastado por el tiempo. El tiempo desgasta, claro, pero en una perspectiva de sentido totalmente opuesta, los japoneses elevan a un rango superior un objeto común y corriente que ha sobrevivido generaciones: eso va generando una capa de color y sustancia que repele a un occidental y atrae a un japonés: pensándolo bien, ese frote colectivo e intergeneracional es exactamente lo opuesto a lo que Occidente impone como bello. Lo nuevo, lo intocado, lo que no tiene historia. Está demás decir que esta concepción de la belleza es total y absolutamente contradictoria con una sociedad de mercado, en la que sus miembros son disciplinados para creer e incluso sentir que algo nuevo es mejor que algo usado.

Ya en su época, Tanikazi miraba también con recelo las cerámicas blancas que iban reemplazando lentamente en el corazón del Japón a las antiguas lacas oscuras, ocres, verdosas, marrones, rojas con tintes negros. Hoy nosotros compramos en casas de diseño platos cuadrados de cerámica blanca creyendo que ellas guardan cierto encanto japonés. Tanikazi nos explica que los antiguos colores que respetaban la estratificación de las sombras guardaban un secreto que Japón ha perdido. Incluso la vieja tradición de decorar esas lacas con oro molido, que hoy parece recargado para el gusto minimal que suponemos que proviene del Japón, estaban pensados para iluminar con sus ráfagas doradas una penumbra exquisita, generada por las lámparas de aceite o la llama de una antorcha. "Una laca decorada con oro molido no está hecha para ser vista una sola vez en un lugar iluminado, sino para ser adivinada en un lugar oscuro, en medio de una luz difusa que va revelando uno u otro detalle, de tal manera que la mayor parte de su suntuoso decorado, constantemente oculto en la sombra, suscita resonancias inexpresables."

Quizá por nuestra cultura psi, otorgamos a la sombra una connotación que queda atrapada en el universo esquivo y tenebroso de los fantasmas. Tanikazi, sin hacerlo explícito, da cuenta de una tradición milenaria que había hecho un pacto con la sombra, y también con los fantasmas: algo lleva a creer que los japoneses supusieron la luz como algo inevitable, y cubrieron todo de sombra para disponerse al juego humano del asombro y la ensoñación. Los occidentales, en cambio, los domingos por la tarde, solemos encender todas las luces. La sombra no nos invita al juego, sino al misterio que nuestra civilización expulsa porque no sabe qué hacer con él, cómo conjurarlo, cómo obedecerle.



Junichiro Tanizaki (1886-1965) fue uno de los más destacados novelistas del Japón. Es autor de Hay quien prefiere las ortigas (1955), Las hermanas Makioka (1957) y La Llave (1961). El elogio de la sombra (1933) es su ensayo más trascendente. Aquí emerge el conocimiento del arte japonés atravesado por una tradición ancestral. Tanizaki se concentra en una reflexión sobre la arquitectura tradicional nipona. El método comparativo, la indicación de diferencias respecto al Occidente, permite la mayor comprensión del específico gusto estético japonés en relación con la construcción de templos, casas y objetos. El Occidente prefiere lo luminoso, lo pulido, lo resplandeciente y sin manchas, lo rectilíneo y armonioso. El Japón, en cambio, según advierte Tanizaki, opta por el poder sugestivo de la sombra y lo asimétrico. La penumbra, la opacidad, el espacio vacío, e incluso la pátina en los objetos, expresan un trasfondo profundo, cercano, que constituye las cosas. La penumbra, el claroscuro, las entonaciones de la sombra, liberan velados reflejos del vacío que el Japón tradicional, bajo el influjo del zen, intuye como la íntima trama del ser.